Por: Susana
Gómez
Históricamente, el sistema patriarcal ha necesitado mantener a las
mujeres bajo su dominación para poder hacer uso a su antojo de su capacidad
reproductiva, que equivale a decir, su capacidad de reproducir la fuerza de
trabajo. Para ello, necesitaba negar a las mujeres la autonomía sobre su cuerpo
y su sexualidad, lo que implicaba equiparar la sexualidad femenina con la
procreación y consecuentemente, restringirla a la penetración vaginal, dejando
de lado las diversas formas de experimentar la sexualidad. De esta forma, se
nos impuso un esquema de sexualidad que funciona aún hoy, como uno de los ejes
centrales para institucionalizar y «naturalizar» las relaciones de posesión y
subordinación.
Aunque a veces se dice, que las religiones y las culturas antiguas
identificaban la sexualidad en abstracto con la procreación o con el
matrimonio, parece que era fundamentalmente la sexualidad femenina la que
sufría esta condena, pues era la que se ligaba irremediable y exclusivamente
con la procreación y el coito.
A fuerza de siglos de religión, represión, hogueras, cazas de
brujas y obligaciones maritales, el resto de las manifestaciones de la
sexualidad femenina habían acabado por «no existir». Ni siquiera se las
consideraba pecado, porque lo que no existe no se puede nombrar y si se nombra,
así sea para condenarlo, puede conducir a la curiosidad, que según la religión
era la puerta del infierno. De esta forma, hasta hace relativamente poco tiempo,
el clítoris no aparecía en los manuales de anatomía médica y cuando empezó a
hacerlo, se relacionó con trastornos patológicos y con supuestas formas
inmaduras de vivir la sexualidad. Sobra decir que la masturbación era
considerada sólo cosa de hombres, el sexo oral, práctica exclusiva de la mujer
hacia el hombre y el lesbianismo, algo absolutamente innombrable.





